domingo, 16 de septiembre de 2018

CREACIÓN ESTACIÓN BIOLÓGICA Alberto Fernández Yépèz de RANCHO GRANDE

El último piso del ala derecha del edificio
de Rancho Grande, sede de la 
Estación Biológica de la U.C.V.

Desde 1950, los investigadores de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, con su nueva sede en Maracay, comienzan a frecuentar más a Rancho Grande. Alberto y Francisco Fernández Yépez, Carlos Julio Rosales y el auxiliar Mario Gelvez, colectan semanalmente muestras de animales, principalmente insectos y realizan algunas actividades docentes en Rancho Grande. Los intentos realizados para que la Estación permitiera que la Universidad pudiera disponer de un laboratorio, habían resultado infructuosos. Por ello se solicitó al Decano de la Facultad que gestionara la adquisición de parte del edificio para acondicionar allí unos laboratorios.

Placa colocada en la Estación en 1987


Laboratorio de la Estación


El profesor Alberto Fernández Yépez asume el papel de intermediario entre la Universidad y el Ministerio de Agricultura y Cría para obtener permiso para usar algunos espacios en Rancho Grande. El 10 de Julio de 1959 el decano de la Facultad, Dr. Pompeyo Ríos, solicita apoyo al Rector Francisco De Venanzi, quien a su vez se dirige al Profesor Francisco Tamayo, de la División de Investigación de la Dirección de Recursos Naturales Renovables del Ministerio, planteándole la posibilidad de brindar un lugar de trabajo en la Estación para la Universidad y mientras esperaban respuesta solicitan y obtienen permiso para ocupar una pequeña casa situada pocos metros más arriba del restaurante de la curva de Rancho Grande. Esta casa fue demolida años más tarde.
El personal del Ministerio no tenía interés en compartir sus espacios de la Estación con personas de la Universidad, para la época considerada como un refugio de revolucionarios. Así, antes de facilitarle laboratorios en la parte remodelada de la Estación, prefirió asignarle un espacio en la parte inconclusa y abandonada del edificio. Las posibilidades de la Universidad para construir sus laboratorios, parecían entonces remotas. El 3 de Agosto de 1959, el director de Recursos Naturales Renovables, ingeniero agrónomo Alfredo Rivas Larralde, por instrucciones del Ministro de Agricultura y en oficio Nº RNR-3473, participa al decano de la Facultad que está autorizado para acondicionar, equipar y usar cuatro habitaciones en la parte alta del ala derecha del edificio, en ese entonces inconclusa, indicando que los costos para lograrlo debían ser cubiertos por la Universidad. Ciertamente el área asignada era la más lejana a las instalaciones del Ministerio y no tenían absolutamente ninguna obra para utilizar electricidad ni servicio de aguas negras ni blancas.
No teniendo la Facultad recursos financieros para ejecutar la recuperación de los cuartos asignados, el nuevo decano, Dr. Manuel Vicente Benezra, solicita colaboración al Ministro de Obras Públicas, Dr. Santiago Hernández Ron, quien acoge la solicitud y autoriza, dentro del "Plan de Obras Especiales del Ministerio", a la compañía Cadeca, que ya se encontraba mejorando la parte del edificio perteneciente al Ministerio de Agricultura, para que proceda a la ejecución de las obras que requería la Universidad. El decano encarga a los profesores Macrobio Delgado y Carlos Julio Rosales, de los Institutos de Botánica y Zoología respectivamente, como responsables de los trabajos, sin embargo con esta ayuda sólo se logró la instalación de una escalera metálica para el acceso (muy incómoda por lo empinada) y la construcción de algunas ventanas y puertas de hierro.
Posteriormente se pensó en obtener del presupuesto de la Facultad una partida mensual de un mil bolívares, pero ello resultó imposible por lo escaso de los recursos disponibles. El profesor Alberto Fernández Yépez propone y anexa un proyecto para acondicionar las áreas de la Facultad a través del apoyo del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico (CDCH) de la Universidad. Una vez aprobado por las autoridades, se encarga a Alberto Fernández Yépez, quien se dedica a realizar cálculos, buscar precios de materiales e incluso a diseñar y dibujar los planos respectivos. El 11 de Mayo de 1964, el proyecto, por 17.848 bolívares, es aprobado por la Comisión Científica del CDCH, bajo el número 98, haciendo entrega de la suma mencionada al profesor Alberto Fernández Yépez como responsable de su ejecución.
Al comienzo se pensó utilizar al personal obrero de la Facultad, pero ello no dio resultado; luego las fuertes lluvias impidieron comenzar la obra durante los meses siguientes, por lo que no fue sino hasta Enero de 1965 cuando se comenzó a trabajar. El profesor Alberto Fernández Yépez se encargó personalmente de los trabajos y diariamente subía a Rancho Grande para llevar materiales, inspeccionar los trabajos e incluso para realizar algunas labores de carpintería y diseño de los laboratorios.


El 5 de Mayo de 1965 se concluyó el proyecto a un costo de 17.822,20 bolívares, es decir 25,80 menos que lo aprobado por el CDCH. Casi inmediatamente, el profesor Alberto Fernández Yépez propone una nueva inversión de 37.000 bolívares para agregar dos nuevas habitaciones, dos oficinas y dos laboratorios, solicitando además 44.341,20 bolívares adicionales para dotaciones. Esta propuesta fue sólo parcialmente aceptada y se logró anexar nuevas áreas a lo ya construido. En Agosto de ese año, los directores de los Institutos de Zoología y Botánica, Gerardo Yepéz Tamayo y Ludwig Schnee suscriben el primer reglamento, elaborado por Alberto Fernández Yépez con carácter provisional, del uso de las instalaciones de la Facultad en Rancho Grande. Así, la vieja casa prestada fue desocupada y los investigadores de la Facultad comenzaron a quedarse en sus nuevas instalaciones.

El 10 de Febrero de 1966 se inauguran los "Laboratorios de Botánica y Zoología de Rancho Grande" de la Facultad de Agronomía en un concurrido acto al cual asistieron las autoridades de la Facultad y diversas personalidades del Estado Aragua, quienes luego disfrutaron de un brindis hasta el atardecer. Entre los presentes se encontraban el rector de la Universidad Central de Venezuela, Dr. Jesús María Bianco; Monseñor Feliciano González; quien bendijo las instalaciones; el decano de la Facultad, Dr. Manuel Vicente Benezra; Alberto y Francisco Fernández Yépez; Gonzalo Medina Padilla, director de la Estación del Ministerio; José Luis Méndez Arocha; Gerardo Yépez Tamayo; Francisco Tamayo Yépez; José Luis Sánchez; Elbano Martin S.; José Luis Arcay; Eduardo Osuna; J. Lugo Blanco; el Padre Yanoni; J.J. Pacheco; Iride Mendible; Amelia Montesinos; Eduardo Lander; Julieta Fernández; América Trujillo; Alcides Guatarasma; Aquiles Montagne; Carlos Julio Rosales; David Villasmil; Alberto Fernández Badillo; Mario Gélvez; Evaristo "Agapito" Torres; Jan y Bohumila Bechyne y muchos otros profesores y estudiantes de la Facultad. Hubo un emotivo discurso del decano de la Facultad, Dr. Manuel Vicente Benezra, quien expreso:



"Cinta de concreto que une Maracay con la costa. Bosque de árboles centenarios. Bruma, arroyos cristalinos. Maravilla puesta por la naturaleza en despliegue de la variedad inmensa del Dios creador. Historia evolutiva de un pedazo de suelo, suelo en evolución, vegetación cambiante, corola de luz entre nubes tropicales. Así se llega a Rancho Grande. Tu nombre fue cambiado y te bautizaron con nombre de sabio, te dieron su nombre en recuerdo de su obra, o es acaso su obra recuerdo de tu nombre. Al decir Henri Pittier, más que decir un nombre, elevamos una oración. Plegaria inmensa que abarca a todos aquellos que dedican su esfuerzo a conservar los árboles en los bosques, el agua en las quebradas y el trino entre plumones de brillantes colores. A la orilla del camino, víctima del tiempo, se elevaba al cielo, como mudo monumento de la inconstancia humana, los fríos aposentos de quien, en épocas pasadas, hubiera sido sitio de alojamiento, para el turista de vista cansada, que abriría los ojos para que por ellos entrara toda la belleza de los Valles de Aragua y el azul intenso de su lago. En múltiples ocasiones, profesores que buscan y buscan y que al fin por tanto buscar encuentran, pensaron que en aquella torre; fría, húmeda y carcomida por el tiempo, podría crecer como los sueños si se les da la vecindad del alma, que en esa torre podría crecer el tibio hogar de la actividad creadora. No ya, para ser turista contemplativo de un desfile de maravillas, sino para atrapar entre los hilos finos de las mallas, la realidad de un mundo que pasa y que unas veces es bueno y otras es malo. Nació la idea y poco a poco fue creciendo y hombre generoso, que se llamaban con nombre propio; Tamayo, Altuve, De Venanzi, o con nombre genérico: Consejo de Desarrollo Científico, Dirección de Recursos Naturales, Universidad, materializaron el sueño, el cual ha ido caminando paso a paso, con rumbo cierto, aunque lejos está el horizonte. ¿A dónde nos llevará el camino, por cuántas veredas habremos de pasar?, no le preguntemos al caminante, preguntemos al camino. La fría, la calculadora actividad creadora continuará aquí, con aliento humano y con cariño de abnegación, escudriñando en este mundo infinito que nos rodea; trabajando de día y de noche, con calor y con frío, en beneficio de quienes allá abajo laboran por una patria grande y soberana. No es necesario el piso de mármol, el techo de yeso, las alfombras, los oropeles; para nosotros, estas cuatro paredes, no son comparables ni al más acabado castillo de los cuentos de príncipes y princesas; para nosotros fantasía es ilusión, es sueño. Le daremos vida con trabajo, con empeño y con decisión y cuando, algún osado navegante, mire en las noches hacia la cumbre de Rancho Grande, verá una luz refulgente, luz de alborada en un castillo de torres y torres, donde la verdad tendrá más brillo que las estrellas del cielo. Esta es la Universidad, esta su actividad, no sólo derecho, es obligación, sembrar luces, iluminar mentes, forjar corazones, aprender, enseñar, volver a aprender, seguir enseñando. Pobres de aquellos que aprendieron y no enseñan, pobres de aquellos que quieren apagar el sol tapándose los ojos con las manos. Al final, de campo a campo, de hombre a hombre, del fondo de la tierra saldrá el canto de Universidad que entonado con la mística de un himno, marcaría en sus compases el engrandecimiento de Venezuela. Y esa Universidad, o como se llame, será el pedestal donde descansará el porvenir de la Nación; vanos habrán sido los esfuerzos de quienes quisieron frenarla, pues a la luz, la sombra y el agua no hay quien pueda frenarlos. En este desarrollo, en este crecimiento incontenible de la Universidad venezolana, nosotros diremos: Presente!!, y aquí, en este instante queremos dar nuestro reconocimiento al Rector Jesús María Bianco, pues él, peregrino como nosotros en busca de nuestro destino, ha ido dando agua, luz y sombra. Gracias a todos los buenos samaritanos, gracias a quienes creen en los sueños y trabajan para lograrlos y pedimos al Dios poderoso nos ilumine para que a cada paso, nos sirva de guía en el camino que hoy comienza. Camino: ¿A dónde nos llevas?. Caminante: Los llevo a vivir por Venezuela. Gracias".



Desde este momento se nombró como encargado de la nueva Estación al Dr. Alberto Fernández Yépez, quien posteriormente se dedica a organizar los laboratorios y realizar frecuentes visitas de coleccionamiento, lo cual fue rutinario hasta su muerte, el 27 de Julio de 1970.
Pensando en una rotación anual del cargo de Jefe de la Estación, el 8 de Febrero de 1967, se encarga de la misma a su hermano, Francisco Fernández Yépez. En estos años, los hermanos Fernández Yépez, René Lichy, Carlos Julio Rosales, Eduardo Osuna, Jan y Bohumila de Bechyne, Mario Gélvez, Juvenal Salcedo y Francisco Urbáez visitan frecuentemente la Estación, haciendo colectas y tomando notas sobre la fauna.


Pasillo principal de la Estación Biológica
"Alberto Fernández Yépez" de Rancho Grande
de la U.C.V.

Principalmente se dedican al coleccionamiento de insectos que llegaban atraídos por el bombillo de mercurio colocado delante de una lona blanca fijada a la pared de la Estación. Durante años, esta efectiva trampa de luz ha permitido la captura de innumerables especies de insectos, muchas nuevas para la ciencia. La alta intensidad del bombillo utilizado, fue muy útil para saber si alguien estaba colectando en Rancho Grande, ya que su brillo era visible desde algunos puntos de la ciudad de Maracay. Sólo Alberto Fernández Yépez y su hijo Alberto Fernández Badillo, su ayudante Francisco Urbáez y su compañero malariólogo Gregorio Ulloa hacen colectas de pequeños mamíferos utilizando trampas tipo Scherman, Havarhath, National y Víctor o de golpe; así como de aves y murciélagos usando mallas de neblina.
Desde 1971, queda encargado de la Estación el profesor Luis Fernández Solís, quien venía adelantando un proyecto de registro de insectos plagas con trampas de luz, una de las cuales fue instalada en la terraza de la Estación. El técnico Félix Zambrano actúa como ayudante en este proyecto. En 1972 se logra que la Estación tenga un obrero asignado para su mantenimiento y el cargo es ocupado por Gumersindo Jiménez, quien a través de los años se ganó el cariño y la amistad de todos los que subían a Rancho Grande. En 1975, el profesor Fernández Solís deja la Universidad y la Estación queda en manos, por iniciativa propia, nuevamente del Dr. Francisco Fernández Yépez. Pocos investigadores de la Facultad utilizan Rancho Grande para sus trabajos y colectas, siendo sólo frecuentes el Dr. Francisco Fernández Yépez, el prof. de entomología José "Pepe" Clavijo, el prof. de zoología agrícola Alberto Fernández Badillo y los técnicos Juvenal Salcedo, Anibal Chacón, Francisco Urbáez y Carlos Andara.
Francisco Fernández Yépez fallece el 16 de agosto de 1986. Meses antes había sido nombrado como encargado de la Estación al profesor de entomología Aquiles Montagne, quien no muestra mucho interés en estimular el uso de sus instalaciones e incluso hasta propone que debe manejarse junto con la vecina Estación del Ministerio e incluso anexarse a ella. La falta de recursos económicos tiene sus evidentes efectos sobre el mal estado de la Estación de la UCV.
Posteriormente, en 1982, son encargados de la Estación los profesores José Clavijo y Alberto Fernández-Badillo, éste último finalmente queda como el único Jefe de la Estación desde 1984 hasta 1995. Para muchos estos once años lo consideran como una "época de oro" de la Estación, con un aumento significativo de la presencia de estudiantes y visitantes nacionales y extranjeros para desarrollar actividades de investigación como trabajos de grado, tesis, proyectos y otras tareas; mayor afluencia de institutos docentes como escuelas, colegios, institutos universitarios, pedagógicos y universidades en sus labores de enseñanza; ser sede de congresos y cursos relacionados con la conservación; mayores inversiones para remodelar las instalaciones de la Estación; las mejores relaciones con INPARQUES y lograr compartir espacios de todo el edificio con un contrato de comodato; elevar la Estación a unidad independiente con las otras estaciones de la Facultad de Agronomía; llevar adelante un buen control y vigilancia a través de sus conserjes; controlar el uso del Sendero de Interpretación Andy Field, camino a la toma y uso del Paso Portachuelo; firmar acuerdos de cooperación con entes como la Sociedad Científica Amigos del Parque, la Sociedad Zoológica de Nueva York, entre otras. 
En 1987 la Estación es bautizada con el nombre del Dr. Alberto Fernández Yépez, en merecido homenaje a quien logró que el Ministerio cediera sus espacios para la U.C.V. y se encargara personalmente de su diseño, construcción e inauguración. 
Dr. Alberto Fernández Yépez

En 1995 se nombra como Jefe de la Estación al profesor Jesús Manzanilla, seguido de los profesores John Lattke y Vilma Savini, lamentablemente fue un lapso donde las instalaciones fueron de nuevo abandonadas y disminuyeron significativamente todas las actividades docentes, de investigación, de ecoturismo y extensión conservacionista. En 2014 fue nombrado Jefe de la Estación al Ingeniero Pedro Delgado, quien aún no siendo personal de la Facultad inicia su gestión muy entusiasmado por recuperar sus espacios y actividades, pero enferma y fallece en ejercicio del cargo en el año 2018.

2 comentarios:

Jorge M. González dijo...

Que tiempos aquellos ... Interesado en la Entomologia, comencé a subir a Rancho Grande en 1974 o 1975. Con Juvenal Salcedo muchas veces, con Rosales y Joly, con Francisco, luego solo o con otros estudiantes. Siempre fue una experiencia de aprendizaje. Luego en los 80s, mientras realizaba el doctorado, subí también con Anibal Chacon, Carlos Andara y Alberto Fernandez Badillo. Haciendo un trabajo especial para estudiar los Euglosinos del Parque, me quedaba en la estación por días. Estuve entre los que logramos nombrar a la Estacion en homenaje a su primer director, Alberto Fernandez Yepez. Grandes experiencias ... Lugar del que muchos jovenes salieron amando la naturaleza y estudiando algún grupo animal o vegetal.

Beebe, Crane, Pittier, Schaefer, Berlioz, Arp, Arcay, Ballou, Phelps, Fernandez Yepez, Heppner, Lamas, Brown Jr., Badillo, Wetmore,Anduze, Dupouy, Lichy, Rosales, Perez Bora, Tille, Skinner, Romero, Mattei, ... incontable el numero de cientificos, tecnicos y naturalistas que visitaron y trabajaron en el lugar y sus alrededores ...

Siempre comento que me hice entomologo en Rancho Grande.

Que lastima que la desidia y la falta de recursos haya sumido en el abandono a este otrora centro de grandes ideas e investigaciones ...

Aunque pensándolo bien, antes que a alguien se le ocurra alguna locura es preferible que el bosque tome posesión del edificio ...

Andrés Orellana dijo...

Gracias por su buena pluma.

Es interesante leerse esta narrativa que uno como recién llegado (conocí al PNHP en 1989 o cerca) no se imagina las batallas que se debían librar. Al parecer hay denominadores común en muchos funcionarios que bloquean o dificultan las cosas. Creo que hay muchos a quienes ayer y hoy les falla la visión de futuro... y más importante... humildad. Quisiera poder agradecer al Dr. Albeto Fernández Yépez por la seguridad en sí mismo y la convicción de poder realizar la meta que se propuso y que muchos de nosotros, años después, pudimos disfrutar. A veces uno da las cosas por sentado.