jueves, 15 de abril de 2010

BIOGRAFÍA DE FRANCISCO FERNÁNDEZ YÉPEZ

Es el tercer hijo varón del matrimonio de Agustín Fernández Herrera e Isabel Yepes Jahnke (El verdadero apellido es Yepes, pero luego fue cambiado a Yépez por algunos familiares). Nació en Trincheras, estado Carabobo, el 4 de diciembre de 1923. Sus estudios de bachiller los realiza en el Colegio La Salle en Valencia y en el Liceo Fermín Toro en Caracas obteniendo el título de Bachiller en Filosofía y Letras en 1941. Al igual que sus hermanos Agustín y Alberto, su padre los motivó, desde muy niños, a tener un profundo amor por la naturaleza y su conservación. Sus primeras excursiones eran por los alrededores de El Valle en Caracas, colectando insectos para su colección y tomando notas de su historia natural. Ingresó a la Escuela Superior de Agricultura y Zootecnia, más tarde sería la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, obteniendo el título de Ingeniero Agrónomo en 1945, junto con su hermano Alberto, quien también se destacó como docente e investigador en la Facultad en los estudios de fauna del país.
Casi de inmediato Francisco ingresa al Departamento de Entomología del Instituto Experimental de Agricultura y Zootecnia, donde trabajó como investigador auxiliar del Dr. Charles Balou, fundador de los estudios entomológicos agrícolas en Venezuela. Al trabajar como investigador del Instituto también lo convertia en docente de la Escuela Superior, ambas dependencias del Ministerio de Agricultura y Cría. Dejó el cargo para irse a estudiar entomología en la Universidad de Cornell en Nueva York, regresando en 1947, para participar activamente en la creación del Boletín de Entomología Venezolana. En 1949, abandona su cargo en el Ministerio y pasa exclusivamente a la docencia e investigación en la Escuela Superior, ahora Facultad de Ingeniería Agronómica de la Universidad Central de Venezuela. Al abandonar el cargo en el Ministerio de Agricultura y Cría, Charles Balou le agradece su labor por escrito y lo señala como el estudiante más brillante que ha tenido en toda su carrera docente en la entomología. Una de sus primeras acciones en la Facultad fue fundar la colección de insectos donando su colección personal. A partir de este momento la Colección de Insectos del Ministerio es organizada, como ya lo estaba, por cultivos; mientras la de la Universidad es organizada taxonómicamente.
Para 1950, con la Facultad ya funcionando en Maracay, Francisco ocupa el cargo de Jefe del Departamento de Entomología de la Facultad e imparte las clases de entomología. En tiempo de la dictadura de Pérez Jiménez es nombrado Decano Interino para el período 1952-1954, manteniendo una posición académica que es reconocida y defendida por la comunidad universitaria al terminar la dictadura. En reconocimiento a su labor es electo Decano para el período 1962-1965. Promovió y participó en la fundación de la Sociedad Venezolana de Entomología en 1964. Dedica sus mayores esfuerzos a la formación de jóvenes entomológos formando así "Escuela" en todas las instituciones nacionales que tenían relación con la entomología.
En 1966 funda la Cátedra de Entomología en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Oriente. Dedicó su vida a organizar la Colección de Insectos de la Facultad que fue bautizada con su nombre en sentido homenaje de sus compañeros y de la Sociedad Venezolana de Entomología. Fue uno de los responsables de la creación de los estudios de postgrado en entomología en la Facultad de Agronomía de la UCV. Fallece en Maracay el 16 de agosto de 1986 a la edad de 63 años, dejando innumerables publicaciones divulgativas y científicas sobre los insectos del país, sus enseñanzas y ejemplo en decenas de discípulos, profesionales y aficionados; una colección de insectos única en el país y una figura admirada por muchos que lo llaman "El Sabio que habla con los Insectos".
En 1989 la colección de insectos, la más importante del país, es integrada con otras colecciones zoológicas del Instituto para formar el "Museo del Instituto de Zoología Agrícola de la Facultad de Agronomía de la UCV" (MIZA-UCV), bautizado más tarde con su nombre.
Francisco es reconocido como el fundador de la Entomología Agrícola en Venezuela y un importante hombre de ciencia de la Venezuela del Siglo XX. Por su caracter bondadoso, humilde, correcto y afectivo permanecerá siempre en la memoria de quienes lo conocieron.

martes, 13 de abril de 2010

BAJO PERFIL (Parte III) ¿POR QUÉ NO SEGUIMOS TRABAJANDO EN LA COLECCIÓN DE VERTEBRADOS DEL MUSEO DE DE LA FACULTAD DE AGRONOMÍA DE LA UCV (MIZA-UCV)

En respuesta a ¿Por qué al jubilarte de la Facultad no siguió nadie más trabajando en la Colección de Vertebrados del MIZA? ¿Por qué después de tantos años de dedicación a una colección tan valiosa, levantada con la ayuda de tantos, dejan que ahora se pierda?
Debo señalar que, una vez jubilado y todavía siendo Jefe de la Sección de Vertebrados del MIZA, estaba ganado a la idea de continuar con mi labor sin involucrarme en lo que no estaba relacionado exclusivamente con el manejo científico de sus colecciones. Pero en una hábil y premeditada jugada sucia, totalmente alejada de la legalidad de los reglamentos del MIZA, fui sustituido como Jefe de la Sección y días después, sin justificación alguna, también fueron borrados como curadores las personas que habían hecho una excelente labor en estas colecciones trabajando a mi lado durante muchos años. En comunicación, el 22 de enero de 2001, le señalé al Director del Instituto: “¿Es así como debe funcionar una institución como nuestra Universidad? ¿Hay razones académicas para destituirme de un cargo no político y que por experiencia y ausencia de personal calificado podía seguir ocupando únicamente por mi interés en esa colección? Usted mismo señala que mis planteamientos buscan salvaguardar información, especímenes, ambientes e ideas a las cuales dediqué más de 25 años por tradición familiar y convencimiento propio. De ser así... ¿Por qué mi remoción es avalada por el Consejo Técnico y el propio Director del Instituto? Le agradezco su ofrecimiento para que me ocupe sólo de un grupo, pero no puedo hacerlo de ninguno bajo estas condiciones… No significa por ello que dejaré de estar pendiente del futuro de esta valiosa colección de vertebrados y estoy seguro que la historia y no los hombres de hoy, podrán juzgar imparcialmente esta decisión de ustedes y del abandono que, por experiencia y el conocimiento que tengo de los nuevos protagonistas, terminará tarde o temprano con este importante patrimonio. Agradezco mucho sus palabras en pro de la armonía y tratar de dar a entender que hay un ambiente cordial. ¡No creo que sea así! Le recuerdo que mucho más daño hacen las posiciones de indiferencia, aunque son más cómodas, que aquellas que nos obligan en la vida a tener una posición firme, sin dejar de reconocer nunca que podamos estar equivocados. Creo haber tenido el derecho de que estos asuntos fuesen tratados con una mayor seriedad, más universitaria y académica y no puedo entender que usted y otros miembros del Consejo Técnico puedan conformarse con respuestas tan simplistas como las dadas en su comunicación. Desde entonces no he visto el estado en que se encuentra la Colección de Vertebrados y ni siquiera conozco quien está en el cargo de Jefe de esta Sección, pero si he tenido conocimiento por terceros de que nadie la atiende y gran parte de ella se ha perdido e incluso se han sustraído especímenes y catálogos. ¿Y las colecciones de la Sección de Otros Invertebrados? ¿Y la propia Colección de Insectos? ¿Cuál ha sido su producción científica? ¿Se justificaba construir la nueva sede del MIZA como una obra tan costosa para unas colecciones que no son debidamente manejadas? Me atrevo a afirmar que la colección de vertebrados la van a dejar perder y ahora el súper edificio sólo será sede de la colección de insectos y de unos falsos universitarios que utilizaron sus poderes personales y políticos sólo para figurar, favoreciendo la pérdida de otras colecciones que eran patrimonio de todos los venezolanos. En 2007 solicité que los especímenes de vertebrados fueran donados a otra institución para salvarlos de su abandono, pero nada pasó. Apenas una pequeña parte del nuevo edificio pronto estará listo, con un alto costo en tiempo y dinero. Allí se mudará sólo un depósito de insectos con unos improductivos investigadores que pasaran el resto de su vida solicitando ayudas económicas para poder sobrevivir. La actual sede del Departamento e Instituto quedará sólo para impartir clases y poco a poco será devorada por la ya presente soledad de sus pasillos. ¡La historia me está dando la razón, pero, repito, ojalá esté equivocado! Nota: Todo lo aquí señalado puede ser constatado en las actas del Consejo Técnico del Instituto y el libro de actas de reuniones del MIZA.

martes, 16 de marzo de 2010

BAJO PERFIL (Parte II). ¿POR QUÉ ALGUNOS NOS OPUSIMOS AL TIPO DE CONSTRUCCIÓN DE LA NUEVA SEDE DEL MUSEO DEL INSTITUTO DE ZOOLOGÍA AGRÍCOLA

BAJO PERFIL (Parte II). ¿POR QUÉ ALGUNOS NOS OPUSIMOS AL TIPO DE CONSTRUCCIÓN DE LA NUEVA SEDE DEL MUSEO DEL INSTITUTO DE ZOOLOGÍA AGRÍCOLA FRANCISCO FERNÁNDEZ YÉPEZ (MIZA-UCV), DE LA FACULTAD DE AGRONOMÍA DE LA UCV. Esta es la historia que sólo busca resguardar el buen nombre de aquellos que dedicamos mucho esfuerzo trabajando por el MIZA y fuimos excluidos por intereses mezquinos, ambiciosos y politiqueros. Cuando inicié mi labor, en 1975, como profesor-investigador de la Facultad de Agronomía de la UCV, una de las cosas que me propuse fue rescatar la colección de animales no insectos que reposaba descuidadamente en un pequeño cuarto. Estando desde niño ligado a las actividades de colecta de especímenes con fines científicos en compañía de mi padre, Alberto Fernández Yépez, amante de las aves y mamíferos; de mis apreciados tíos Agustín Fernández Yépez, pionero de los estudios de peces en el país; Francisco Fernández Yépez, destacado entomólogo venezolano y Víctor Badillo Francieri, no menos famoso por sus estudios botánicos; tenía que sentirme atraído, por todo lo que significa el valor de una colección científica en el mundo de la ciencia y a ello dediqué gran parte de mi tiempo. La colección de insectos, aún sin nombre propio, era la estrella de la institución y a ella dedicaban mucho tiempo, además de mi tío Francisco, prestigiosos entomólogos que conocía ya desde mis tiempos de estudiante, como Carlos Julio Rosales, René Lichy, Eduardo Osuna, Jan y Bohumila de Bechyne, Janis Racenis, Jorge Terán, Alfredo Dascoli y otros aficionados a los insectos o investigadores de otros países. Años más tarde, formaría parte de la misma, estudiando y dando clases de postgrado sobre los homópteros. Pero mi mayor vocación eran los vertebrados y sabía que la colección de aves había sido la primera creada en el Instituto, por Ventura Barnés Jr. en 1937, fecha reconocida más tarde, en la “III Reunión de Colecciones y Museos de Zoología de Venezuela” como la fundación del hoy Museo del Instituto, uno de las más antiguos del país, ya con 73 años. La colección de insectos se inicia mucho más tarde, en 1949, cuando Francisco Fernández Yépez ingresa a la Facultad y dona su colección particular de unos 20.000 ejemplares, que con el tiempo se transformó en una de las más importantes de Latinoamérica. En la colección de aves trabajaron Alberto Fernández Yépez y más tarde Gerardo Yépez Tamayo, siendo mucho después ampliada con colecciones de peces, anfibios, reptiles y mamíferos. Por resolución del Consejo de la Facultad la Colección de Vertebrados fue bautizada con el nombre del Alberto Fernández Yépez y por propuesta de la Sociedad Venezolana de Entomología, la Colección de Insectos con el de Francisco Fernández Yépez. Con nuevas líneas de investigación en el Instituto surgieron colecciones de nematodos, ácaros, crustáceos, moluscos y otros grupos animales. Poco a poco, cada una de ellas alcanzó importancia en el mundo científico de su especialidad. A pesar de ello, las citas y siglas utilizadas y la asignación de números para los ejemplares eran muy variables, por lo que, de forma natural surgió la necesidad de definir un nombre único de uso internacional y de agrupar todas las colecciones en un solo Museo. Idea que ya tenía en mente Francisco Fernández Yépez, quien falleció en 1986. Así, el 21 de junio de 1989, el Consejo Técnico del Instituto aprueba no sólo el nombre de “Museo del Instituto de Zoología Agrícola de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela” y utilizar las siglas “MIZA-UCV”, sino también la integración de todas las colecciones en tres secciones, sus primeros reglamentos, su organigrama y la creación de los cargos de tres Jefes de Secciones, uno de los cuales sería el Director del Museo y de los Curadores (Encargados de colecciones particulares). Muy importante resultó la creación de la nueva figura de “Curadores”, la cual permitió integrar al Museo a investigadores que no necesariamente fueran personal de la Facultad. A pesar de que me contaba entre los que pensaba que el primer Director de esta nueva organización del Museo debía ser el Jefe de la Sección de Insectos por ser la colección más grande e importante, ninguno de los que podían ser postulados mostró interés y hubo consenso en nombrarme, primero Jefe de la Sección de Vertebrados y luego en el cargo de Director. Para entonces, existían muchas personas formando un excelente equipo de trabajo como nunca más ha existido. Comenzó así la reorganización de colecciones en nuevos espacios, reuniones periódicas con su libro de actas respectivo y una participación más entusiasta de los Curadores, que incluyeron personas de otras instituciones, aficionados coleccionistas de conocida trayectoria e incluso estudiantes que habían demostrado vocación por estudiar grupos particulares. Pronto fue planteada la necesidad de contar con un edificio propio para el Museo y todos coincidimos que debía ubicarse dentro de los espacios del Instituto. Se aprobó utilizar los planos existentes en el Ministerio de Desarrollo Urbano que habían sido utilizados para construir los edificios para viviendas en la Urbanización El Paseo, con los cuales se podían hacer modificaciones para adecuarlos a las necesidades de las colecciones y disminuiría significativamente los costos de la obra. Así se realizó el proyecto, con planos y cálculos preliminares para los espacios básicos que se requerían para las tres secciones del Museo. Al término de mi gestión ya estaba clara esta idea y había consenso para construirlo en el estacionamiento posterior del Instituto y evitar su desvinculación física con el mismo. En 1991 debía comenzar la gestión un nuevo Director del Museo. Ya un profesor recién llegado del exterior donde había concluido su doctorado, con una indiscutible dedicación a la entomología, había manifestado su interés en ocupar el cargo y era el lógico candidato, pero su comportamiento prepotente, egoísta y sus claras ansias de poder hacían dudar a todos, sin excepción, de la conveniencia de su nombramiento. Los miembros del MIZA realizamos una reunión privada, fuera de la Universidad y en su ausencia, para discutir tal decisión y sólo después de varias horas y ante la negativa de otros entomólogos de asumir el cargo, todos, algunos con desconfianza, aceptamos darle la oportunidad y finalmente asumió el cargo de Director. Todo cambió, oponiéndose al proyecto existente invitó a unos arquitectos de la empresa de la Facultad de Arquitectura para que nos dictaran una charla de lo que podrían hacer ellos para hacer una gran sede para el MIZA. Nada que ver con el modesto proyecto que teníamos en mente y lo más grave es que, además de ser muy costoso, ya se habían adelantado planos, contratos y supuestamente solicitudes de financiamiento sin ningún tipo de consulta. Desde ese momento algunos nos mostramos opuestos por considerarlo un proyecto muy ambicioso, oneroso, ostentoso y sobre todo porque la propuesta era de un edificio tan grande que debía ser ubicado fuera del área de nuestro trabajo, lo que para algunos significaba que a futuro afectaría nuestro Departamento, Instituto y Postgrados. Hábilmente siguieron reuniones informales, sin convocatorias, sin actas y sólo con los investigadores que, por diversas razones no muy académicas, apoyaban o eran indiferentes ante el nuevo proyecto y poco a poco los que nos opusimos fuimos marginados. Las diferencias, lejos de quedar como diferencias de opinión, pasaron a afectar las relaciones de trabajo y amistad, las cuales ya estaban deterioradas por los que cuestionamos el comportamiento poco cortés y grosero del Director, que llegó incluso a formular críticas infundadas y muy destructivas en contra de las labores de algunos compañeros de la institución e incluso algunas ante autoridades gubernamentales. Estas irregularidades fueron permitidas por varios miembros del Instituto y por algunas autoridades universitarias, que prefirieron mantenerse al margen y no asumir posiciones difíciles con políticos e instituciones influyentes ajenas a la Universidad. En Septiembre de 1993, me tocó asumir la Jefatura del Departamento y la Dirección del Instituto de Zoología Agrícola y solicité a los miembros del MIZA que debíamos reunirnos para elegir un nuevo Director del Museo, que ya correspondía para un nuevo período, pero de nuevo nadie quiso asumir tal responsabilidad, en particular para no tener conflictos con las gestiones de la construcción de la nueva sede y se dejó al mismo Director, quien siguió, abusando de su poder, con sus gestiones personales para la nueva sede, moviendo influencias y sin tomar en cuenta al Instituto, ni seguir los canales regulares, llevando la propuesta directamente hasta las autoridades rectorales, quienes creyeron en su factibilidad, sus probables financiadores y como muchos, vieron la posibilidad de ser protagonistas de la impactante pero muy costosa obra propuesta. La mayoría no estaba enterado de nada de lo que estaba sucediendo, hasta que el problema se agravó, el 17 de octubre de 1994, cuando en una reunión convocada al personal por el propio Director del MIZA, cuestión no tradicional para convocar una Asamblea Departamental, se planteó que no era conveniente que el nombre del Museo estuviese asociado con el del Instituto, la Facultad, ni la Universidad, debido a que le restaba posibilidades en la búsqueda de financiamientos extra-universitarios para la construcción del costoso edificio. Proponen entonces que el MIZA sea rebautizado con el nombre de "Museo Francisco Fernández Yépez", a lo cual, muchos nos opusimos por considerarlo una posición poco universitaria y un insulto a la memoria del propio Francisco, quien jamás hubiese estado de acuerdo con separarlo de la Facultad y menos mezclar su nombre con actividades mercantilistas contrarias a los principios universitarios. Algunos propusimos que se mantuviera el nombre de Francisco Fernández Yépez para la Colección de Insectos, tal como ya estaba establecido en un merecido homenaje de la Sociedad Venezolana de Entomología hace años atrás. La discusión fue muy prolongada y desagradable y finalmente se aprobó, la propuesta conciliadora, de darle el nombre de "Museo del Instituto de Zoología Agrícola Francisco Fernández Yépez de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela" y sus siglas “MIZA-UCV”. Temiendo que el grupo que seguía con una posición muy alejada del espíritu universitario no acogiera lo aprobado, se propuso y así quedó aprobado por el Consejo Técnico del Instituto, que el nombre de Francisco Fernández Yépez y el del Museo del Instituto de Zoología Agrícola fueran "inseparables". Algunos llegaron a tal grado de bajeza que informaron a mis primos hermanos, hijos de Francisco, que yo me había opuesto a que el Museo llevara el nombre de mi tío, sin dar mayores explicaciones de las verdaderas razones. En 1995 el Director del MIZA viajó al exterior y al no dejar a nadie encargado, sus miembros nombramos un sustituto para un nuevo período y pasamos un año sin mencionarse de nuevo el proyecto de la nueva sede, pero al regresar retoma las discusiones y asume una posición mucho más personalista, tratando de destruir cualquier opinión contraria a sus claros deseos de ser protagonista e iniciando diligencias inconsultas para conseguir recursos económicos en instituciones privadas, donde tenía contactos influyentes. Apoyado por sus contactos con la Gobernación de Aragua, logra que ésta prometa recursos y publique en la prensa local una solicitud de inscripción de empresas interesadas en la licitación para ejecutar la construcción del “Museo de Zoología Francisco Fernández Yépez”, sin mencionar al Instituto, la Facultad ni a la UCV, lo cual consideramos de extrema gravedad y decidimos denunciarlo ante el Consejo de la Facultad, quienes aprobaron ratificar el uso del nombre completo. Ante las voces de protesta por tantas irregularidades, en 1998 un nuevo Director del MIZA solicita un derecho de palabra para informar sobre el proyecto, derecho que delega en el ex-Director desarrollándose en un ambiente conflictivo, por lo que el Consejo decide nombrar una comisión para investigar y conocer la legalidad de los procedimientos relacionados con la construcción de la nueva sede. Inexplicablemente la comisión concluye que sólo hay problemas personales y de falta de comunicación y días después, en el propio Decanato, se efectúa una reunión con representantes gubernamentales y de la empresa privada para crear una supuesta Fundación para apoyar las gestiones para buscar recursos económicos. Sintiéndome, como otros, frustrado e impotente ante el poder político y económico que apoya el monumental proyecto, debemos enfrentar de ser acusados de tener una posición personal y no, como creíamos, totalmente universitaria. Por ello, algunos decidimos no involucrarnos más ni continuar objetando nada de este absurdo proyecto que pronto comenzó a edificarse, lógicamente con frecuentes interrupciones por la falta de recursos y saqueos vandálicos por falta de vigilancia. La lenta obra sobrepasa ya los 12 años de haberse iniciado y aún está inconclusa. Esta falta de voluntad política, de posiciones cómplices o de indiferencia hacia la solución de los problemas institucionales con mayor prioridad, entre otras posiciones que he considerado inmorales y anti universitarias, me llevaron a precipitar mi solicitud de jubilación en el mes de octubre de 2000. No contentos con esto, luego impidieron que continuaramos trabajando dentro de la estructura del MIZA. Todavía muchos seguimos creyendo que es más importante la diversificación, preservación, identificación y uso científico de los especímenes, que el lujo del lugar donde se guardarán. Hoy algunas colecciones están casi totalmente perdidas por falta de atención. Por ello mi posición, aunque me duela muchísimo lo que está sucediendo, es de bajo perfil y espero que alguna mente lúcida pueda hacer algo para salvar, si todavía es posible, las colecciones de vertebrados, moluscos, arácnidos, crustáceos y otros grupos. Todo parece indicar que el MIZA será un Museo sólo de insectos y que las actuales instalaciones del Departamento, Instituto y Postgrado quedarán en la soledad. ¡Ojalá esté equivocado! Nota: Todo lo aquí señalado puede ser constatado en las actas del Consejo de la Facultad de Agronomía, del Consejo Técnico del Instituto y el libro de actas de reuniones del MIZA.

BAJO PERFIL (Parte I). INCENDIOS EN EL PARQUE NACIONAL HENRI PITTIER

Lo de estar, como dicen, de bajo perfil, podría referirse a muchos aspectos de mi vida diaria, tales como el familiar, las amistades, las parejas, el trabajo, el político, la medicina y muchos otros que en conjunto forman nuestras vivencias, unas felices, otras no tanto. Quizás también otros al leerla puedan pensar frases como “Eso pasa con la edad”, “Nunca debemos dejar de luchar”, “Creo que es un poco exagerado” y muchísimas más que tratarán de cuestionar esta forma de pensar. Eso me importa poco y es más, me gusta y siempre lo he hecho, reflexionar las razones de los seres humanos para justificar sus actuaciones, con o sin mala intención y eso me incluye. Voy a referirme en esta nota a los incendios de vegetación de nuestro Parque Nacional Henri Pittier. Mi primera visita a ese inmenso bosque la hice cuando era un niño y desde entonces he estado ligado a esta maravilla de la naturaleza, de una u otra manera. Acompañante de mi padre y mis tíos, era un adolescente, cuando acudían a estos bosques a coleccionar plantas, insectos, aves y en general cualquier muestra vegetal o animal que enriqueciera las colecciones de la Facultad de Agronomía de la UCV, donde ellos trabajaban. Conocí así los primeros investigadores de la naturaleza que a veces los acompañaban desde la misma Universidad, otras instituciones nacionales y de lejanos países del mundo. Luego viví cada minuto de esfuerzo de mi padre empeñado en hacer unos laboratorios en el casi abandonado edificio de Rancho Grande. En esa época terminaba mi bachillerato y pude visitar con frecuencia el vecino Museo de Biología de Rancho Grande y la labor que desempeñaron hombres de un pasado no tan lejano y de los que estaban dedicados a tratar de darle continuidad a un museo abierto al público con excelentes exhibiciones de animales disecados aparentando vida y en su ambiente natural elaborado de cera o con delicadas y realistas pinturas. Aprendí mucho al lado de algunos de ellos. Corría el año 1966 y se terminó la construcción de lo que desde entonces sería la “Estación Biológica de Rancho Grande” de la Facultad de Agronomía de la UCV. Seguí frecuentándola con los investigadores de planta e invitados por la Facultad y quizás ello fue determinante para cambiar mi idea de estudiar la carrera de Biología por la de Agronomía, más compleja por su componente ingenieril, pero igual de fascinante por su relación con los seres vivos que tanto amaba y más tarde, descubriendo otro elemento fundamental como era su vinculación con el ser humano y el desarrollo de una sensibilidad social. Ya fallecido mi padre, me gradué y luché contra la sucia politiquería para poder conseguir un empleo sin necesidad de contar con lo que representaban mis ascendentes familiares. Después de pasar meses como investigador en una institución gubernamental, pude ganar el concurso para optar al cargo de profesor e investigador en zoología en mi Facultad de Agronomía de la UCV. Nunca abandoné mis visitas al Parque y conocí, siempre acompañado de personas relacionadas a la naturaleza, lugares tan extraordinarios o más que Rancho Grande, como la Cumbre de Choroní y sus alrededores; el camino Turmero-Chuao, el ascenso a Pico Periquito o Guacamaya, los ríos en franca decadencia de su vertiente sur que dan al, no menos degradado, Lago de Tacarigua o de Valencia; los exuberantes bosques nublados de las cimas y las diferentes formaciones vegetales con su particular fauna de los valles y playas de Turiamo, La Ciénaga de Ocumare, Maya, Ocumare, Cata, Cuyagua, Choroní, Chuao y Cepe. Vi como viven los hombres, mujeres y niños de sus poblaciones. Mi trabajo me llevó a ocupar el cargo de Director de la Estación Biológica de Rancho Grande que orgullosamente fue bautizada con el nombre de mi padre. Casi todas mis investigaciones se concentraron en el estudio del funcionamiento de lo que llaman la maravillosa naturaleza de este Parque. Innumerables fueron mis maestros, unos reconocidos científicos nacionales o extranjeros; otros estudiantes universitarios, de educación media, primaria y hasta pequeños de preescolar. Todos me enseñaron a aprender. Paralelamente recopilé todo lo que pude encontrar escrito sobre el Parque. En todos esos largos años nunca pude ver una época de sequía donde los incendios no devastaran grandes extensiones de la vegetación del Parque. Intervine activamente en protestas, foros, conferencias, charlas, talleres y muchas otras actividades en defensa del Parque, en tratar de concientizar a gobernantes, sociedades, asociaciones, voluntarios y como dicen al común de la gente, lo importante y vital que debía ser detener estos dañinos incendios que poco a poco le ganaban terreno a los bosques y dejaban herbazales que a su vez eran más fáciles de consumir por futuros incendios. Muchas personas participaron en estas actividades y estoy seguro que su conciencia hacia el Parque cambió favorablemente, pero nunca fue suficiente. Se crearon Sociedades, Asociaciones, Clubes, Grupos de Voluntarios, junto con senderos para interpretar los fenómenos naturales y conocer su flora y fauna. Vi nacer Sociedades que aún luchan por nuestro Parque. Aún así, los incendios continuaron y en algunos años alcanzaron altitudes nunca antes afectadas. Todo ese conocimiento adquirido con los años me permitió ver como se perdía el hábitat natural de plantas y animales, como cambiaba su presencia o abundancia, como los pequeños ríos se secaban en la época de sequía, mientras otros desaparecían para siempre. Palpé el aumento de actividades ilegales como la tala para conucos, fundación de fincas, ampliación de las fronteras agrícolas en detrimento de bosques, construcción de viviendas, cacería furtiva. Pocos decían algo ¿Qué hacer? Las acciones requerían de campañas educativas, obras de prevención, eficiente vigilancia, grupos entrenados para el combate de incendios. La participación gubernamental con sus recursos era fundamental para alcanzar estos logros, pero nunca ha habido voluntad política, porque estas acciones no dan prestigio, no favorecen reelecciones, ni ofrecen jugosas comisiones. Sólo lucharon grupos de voluntarios y algunas sociedades no gubernamentales y aún lo hacen. En 1987 la tragedia de un deslave sepultó muchas esperanzas. Algunos dijeron que era la natural evolución de las montañas, otros advertimos el efecto de la causa: la degradación de los bosques. Nadie escuchó y mucho menos se hizo algo. Siempre he dicho que todos tenemos un tiempo para cada cosa. Cuando se es joven, se lucha con energía; luego se lucha con el trabajo que lleva al verbo y la pluma. Nadie escucha ni lee y mucho menos actúa. Así ha sido siempre y por eso nos llega el tiempo de la reflexión, de dejarle el camino a los que vienen detrás. Sólo el tiempo dirá si era o no razonable haber hecho lo que se hizo. Hoy el Parque casi está dividido en el eje Maracay-Choroní, nadie lo evitó; hoy el pie de monte del Parque está cubierto de herbazales que avanzan comiendo bosque; hoy el Parque perdió su historia con el derrumbe de la casona de La Trinidad. Pero miles se divierten, ríen y se emborrachan en su costa. Ya quemado aparece un solitario y prepotente helicóptero que busca publicidad y desprecia a los voluntarios. Para mi llegó el tiempo del silencio, de la espera, de mantenerse de bajo perfil. No más araré en el mar. Suena muy duro decirlo ¡Los bosques del Parque Nacional Henri Pittier van camino a su extinción!
Alberto Fernández Badillo
Época de sequía del año 2010

jueves, 21 de febrero de 2008

42 AÑOS DE LA ESTACIÓN BIOLÓGICA DE RANCHO GRANDE

El pasado 10 de febrero la Estación Biológica de Rancho Grande de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela cumplió 42 años de fundada. Con orgullo lleva el nombre de mi padre (fallecido en 1970), quien fue el principal impulsador de la idea, realizó los planos y supervisó personalmente su construcción en 1966 y le dio vida, junto a su hermano Francisco y otros miembros del personal del Instituto de Zoología Agrícola, para visitarla con frecuencia estudiando la rica fauna de sus alrededores. Gran orgullo también siento por haber sido su director desde 1985 a 1995, es decir durante 10 años de grandes esfuerzos, nunca personales sino con el apoyo de muchas personas ligadas de una u otra forma al estudio de los recursos naturales del Parque Nacional Henri Pittier, a creer que la Estación era ideal para actividades docentes extra-aulas y/o de educación ambiental y a impulsar de forma innovadora lo que se iniciaba con el nombre de ecoturismo. Recordar esa época es mirar investigadores nacionales y extranjeros estudiando su flora y fauna con simples herramientas unos y con sofisticados equipos otros. Es recordar las voces de profesores y maestros explicando las maravillas del Parque o descubriendo secretos naturales recorriendo el Sendero de Interpretación de la Naturaleza "Andy Field". Es añorar aquella neblina que de pronto desdibujaba todo el hermoso bosque y ver las gotas de rocío correr por hojas, troncos y musgos que cubrían las siluetas. Es recordar la alegre llegada de extranjeros que quedaban paralizados ante la belleza escénica que rodeaba el viejo edificio mientras probaban por primera vez en su vida algunas frutas tropicales y sacaban sus costosas cámaras para fotografiar las aves. También es revivir luchas, que ya nadie recuerda, por ganar una soberanía de la U.C.V., por hacer de la Estación un lugar más cómodo para los invitados interesados, redactar proyectos, folletos, reglamentos o firmar acuerdos y comodatos para impulsar su desarrollo. En fin es revivir un período de intensa actividad, del bullicio de niños que nunca habían estado en una jungla, de intercambiar conocimientos con investigadores de todas las latitudes o de organizar reuniones o convenciones con gente dispuesta a entender y defender el ambiente natural incluso en lugares muy lejanos. Nunca me equivoqué al señalar que en Rancho Grande en cada nueva visita se descubría algo nunca antes visto. ¿Qué te pasó mi Rancho Grande? ¿Por qué ahora casi nadie utiliza tus instalaciones para actividades docentes, de investigación, de extensión conservacionista o de ecoturismo? ¿Por qué se deterioran tus espacios? ¿Por qué en lugar de aquella unión entre la U.C.V. e INPARQUES hay ahora rejas para separar las instituciones? ¿Qué pasó Rancho Grande?

viernes, 21 de septiembre de 2007

CARACOL AFRICANO EN VENEZUELA

Cuando identifiqué unos ejemplares de caracoles de El Limón como pertenecientes a la especie conocida como Caracol Gigante Africano, Achatina fulica, nunca imaginé que despertará tanto interés en personas que, sin ningún conocimiento, se dedicarán a divulgar y alarmar a la población y hasta inventar aspectos totalmente alejados de la realidad. Pude también darme cuenta como un problema de esta naturaleza, es tomada por muchos para figurar o como excusa para involucrarlo en la política del acontecer diario venezolano. La historia de la civilización humana está llena de introducciones de animales a lugares donde no existían y en la mayoría de los casos los resultados han sido negativos. Australia es uno de los mejores ejemplos y está bien documentada. Durante muchos años profesores de zoología de los futuros agrónomos de la Universidad Central de Venezuela insistimos en los riesgos de introducir especies foráneas y uno de los ejemplos que usamos fue la posibilidad remota de que el caracol gigante africano, Achatina fulica, cuya introducción en otros países había resultado catastrófica. Enseñamos que debíamos ser muy precavidos para que esta especie de molusco terrestre no entrara a nuestro país, ni como mascota y mucho menos para establecer crías para comercializar su carne para el consumo humano. Ahora es tarde. De alguna manera personas ignorantes del problema pero muy interesados en ganar dinero fácil establecieron crías ilegales y como era de esperarse algunos ejemplares escaparon de su cautividad. ¿Cuándo pasó? Es difícil determinarlo, pero este año 2007 han aparecido en el país poblaciones muy altas de este caracol en algunas localidades de los estados Aragua, Portuguesa y Sucre. Posiblemente haya sido en fecha reciente porque el crecimiento poblacional del caracol es explosivo y sólo esperamos que con el tiempo disminuyan al enfrentar los elementos de su nuevo ambiente. Ahora podrá aparecer de pronto en un lugar como una plaga agrícola alimentándose de las muchas plantas que pueden formar parte de su dieta. Prefiere las hojas, pero también puede comer flores, frutas, tallos y hasta órganos subterráneos como raíces y tallos. En especial están en alto riesgo las siembras de hortalizas, pero puede causar daños graves en otros cultivos como café, cacao, frutales y ornamentales, entre otras. Pero hay otro peligro potencial, este caracol puede llevar como hospedero intermediario a dos especies de nemátodos cuyo hospedero definitivo son los ratones y ratas, pero accidentalmente también los humanos. Uno es el nemátodo Parastrongylus cantonensis, conocido desde hace muchísimos años y accidentalmente es capaz de entrar al torrente sanguíneo de un ser humano, llegar al cerebro y causarle meningitis eosinofílica o meningencefalitis que puede ser fatal. Otro nemátodo, Paraestrongylus costaricensis, también tiene como hospedero definitivo a los roedores y accidentalmente al ser humano causándole afecciones intestinales y peritonitis. ¿Qué nos espera con esta indeseable introducción del caracol gigante africano? No lo podemos saber, pero lo que si es seguro es que necesitamos investigar muchos aspectos de su comportamiento en nuestro ambiente y enfrentar el problema con la seriedad que el caso amerita y no aprovecharse del problema para figurar sin importarles inventar y alarmar a los venezolanos que creen sin vacilar en lo que leen o ven en los medios de comunicación.

viernes, 29 de junio de 2007

TRASLADEN LA COLECCIÓN DE VERTEBRADOS DEL MIZA-UCV

Nunca creí que yo mismo tuviera algún día que solicitar que eliminen definitivamente la Colección de Vertebrados del Museo del Instituto de Zoología Agrícola (MIZA) de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela con sede en Maracay. Lo hago con mucho dolor pero pensando primero en el valor científico que tienen los ejemplares que aún pueden salvarse del abandono al que está sometida esta colección desde hace varios años. No tengo que decir el esfuerzo y el tiempo que dedicamos tantas personas para lograr que fuera una de las más importantes del país y la única con ejemplares especialmente colectados por su relación con la agricultura. En el pasado contó con estudiantes y profesionales colaboradores, curadores, catálogos en libros, bases de datos computarizada y cada ejemplar debidamente preservado y ordenado en armarios o muebles adecuados. Quizás nadie nunca piensa en lo importante que es mantener una colección así. Hoy los colaboradores no regresaron, los catálogos de ingreso están estancados, deteriorados o perdidos; no hay base de datos y muchos ejemplares se han deteriorado. Los que estaban en frascos con alcohol están secos, las pieles húmedas o dañadas por insectos y hongos, mientras valiosas piezas de huesos o fósiles han sido sustraidas. Si todavía queda algo por salvar que alguien de la institución haga los trámites para donarlos al Museo de la Estación Biológica de Rancho Grande del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales, donde esperamos puedan cumplir la misión científica que un día justificó que esos animales fueran colectados y preservados.

miércoles, 23 de mayo de 2007

RANAS ARLEQUINES EXTINTAS

En la década de los ochenta, antes de que algunos científicos dieran a conocer un alerta por la disminución de las poblaciones de ranas en lugares distantes del mundo, llamamos la atención de que algo debería estar pasando en los bosques nublados de Rancho Grande del Parque Nacional Henri Pittier, al norte de Maracay en Venezuela. ¿Por qué pensamos que algo estaba cambiando? Simplemente algunas especies muy comunes año tras año no fueron vistas de nuevo a pesar de que el bosque no mostraba ningún cambio aparente. Una de las especies cuya desaparición llamó más la curiosidad fue la del sapito verde rayado o rana arlequín de Rancho Grande. Tan común que era casi imposible no toparse con un ejemplar al poco rato de llegar a la Estación Biológica de Rancho Grande. Bien alrededor de los riachuelos dentro del bosque, en los charcos de las lluvias en los patios y jardines o en cualquier parte de las paredes húmedas y cubiertas de musgos del viejo edificio, se podía encontrar al sapito rayado. Nunca pasaban desapercibidos a la vista de algún visitante que se quedaba impactado por su belleza. Su nombre científico es Atelopus cruciger y además de conocerce como sapito verde rayado de Rancho Grande, también le dicen sapito verde, rana arlequín o ranita verde rayada. Ciertamente es una hermosa rana para poder pasar inadvertida, con su coloración verde amarillenta con manchas negruzcas, algunas alargadas, tanto en el dorso como en sus patas que le dan una apariencia atigrada. Ventralmente son de un color blanco amarillento uniforme. Las hembras miden entre 30 y 50 mm, mucho mayores que los machos que tienen entre 20 y 35 mm de largo. Aunque su popularidad se debió a su presencia común en Rancho Grande, también ha sido observada en otros lugares de la Cordillera de la Costa venezolana. ¿Qué pasó con esta rana que de pronto ya no siguió siendo común? No se sabe exactamente las razones, pero ciertamente lo mismo le ha sucedido a muchas otras especies de ranas en el mundo. ¿Será un producto de los cambios climáticos? ¿De la contaminación? Más recientemente se ha señalado la posibilidad de que algunas poblaciones de ranas hayan enfermado por un hongo patógeno de anfibios. Este hongo, Chytridiomycota (quítrido) ha sido identificado como Batrachochytrium dendrobatidis y ha sido encontrado en algunos ejemplares del sapito rayado de Rancho Grande. Pero ¿Cómo y cuando llegó este hongo a lugares tan distantes unos de otros como los de América, Europa o Australia? ¿Existía ya en estos ambientes naturales? Gracias a colecciones de ranas efectuadas en el pasado se ha podido conocer que al pie de estas mismas montañas de Rancho Grande, mucho más cerca de la ciudad de Maracay, vivía también otra especie de rana arlequín, la ranita amarilla, Atelopus vogli. Al parecer también era muy común, pero en los bosques de los riachuelos que forman el río Güey, a pocos kilómetros aguas abajo de Rancho Grande. Esta especie, de color amarillento, es considerada hoy día la única especie de anfibio extinto de Venezuela y la última vez que fueron observadas fue en 1933. ¿Le pasó a esta ranita amarilla de Maracay lo que ahora enfrenta la ranita de Rancho Grande? Ambos hábitat están muy cercanos dentro de un área protegida, aparentemente originales pero afectados por frecuentes incendios de vegetación y rodeadas de zonas urbanas e industriales. ¿Ha cambiado el clima en este lugar a tal punto de afectar estas ranas? ¿Será un efecto de la contaminación atmosférica? ¿De los incendios de vegetación? ¿Han podido cambiar los efectos patógenos de este hongo u otros organismos en la naturaleza? ¿Podrán haber llegado estos patógenos como consecuencia de alguna actividad humana? ¿Existirá lluvia ácida en esta región? ¿Podrá tener efecto sobre estas ranas? Muchas interrogantes con pocas e incluso diferentes respuestas en relación a las localidades donde han desaparecido otras especies de ranas. Por eso afirmamos nuevamente "Las ranas pueden estar diciéndonos que algo está pasando con nuestro ambiente, pero somos sordos a este llamado".

viernes, 27 de abril de 2007

UN NUEVO Y COSTOSO EDIFICIO ¿PARA QUÉ?

Desde hace varios años se está construyendo el nuevo edificio sede del Museo del Instituto de Zoología Agrícola Francisco Fernández Yépez (MIZA) de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela. Se trabaja durante unas semanas y se detiene la obra por largo tiempo y así viene pasando como una constante. Dicen que se agotan las partidas y deben solicitar otras. ¿Cuál sería la situación actual si se hubiese hecho el edificio más modesto que había tenido la acogida de la mayoría? Más de 6 años lleva esta construcción y mientras tanto algunas colecciones, como la de vertebrados por citar una, se deterioran a tal punto que se han perdido valiosos ejemplares. Esto no tiene sentido. También durante este período muchos curadores de colecciones se han retirado por ausencia de una política que piense más en el valor de las colecciones y buscar quien las cuide que en la proyección individual de figuras que se empeñaron en buscar una fama con el impacto que lograría un museo tan grande, costoso y sin justificación alguna. Y cuando se termine la obra... ¿Habrá que buscar más recursos para equiparlo? ¿Qué investigadores van a trabajar aquí? ¿Cuál será el futuro de las instalaciones del Departamento e Instituto?

lunes, 5 de marzo de 2007

MATERIAL PRESERVADO QUE SE PIERDE NO PUEDE RECUPERARSE JAMÁS

Para dar respuesta a un amigo que me pregunta porque no se ha hecho nada por salvar una colección de la que afirmo tiene un valor referencial muy importante para el país, le diré que el problema tuvo, hace años, una infeliz decisión política que llevó a retirar precisamente a los curadores que habían dedicado años de trabajo a su organización, incluyendo a mi persona como Jefe de la Sección de Vertebrados; las cuales quedaron en manos de personas que, luego de ocupar los cargos, no mostraron ningún interés en velar por su preservación adecuada, ni por continuar organizando y estudiando los ejemplares depositados en esta Colección de Vertebrados del Museo del Instituto de Zoología Agrícola "Francisco Fernández Yépez" (MIZA) de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela en Maracay. Hoy deben sentir el peso de la irresponsabilidad al asumir una función que no supieron cumplir. Afortunadamente la Colección de Vertebrados no guardaba holotipos ni paratipos, pero si muchos ejemplares únicos de algunas áreas geográficas, en especial del Parque Nacional Henri Pittier y de bosques, tepuyes y sabanas del sur del río Orinoco. Además muchos fueron estudiados y aparecen señalados como ejemplares examinados y referenciales en diversas publicaciones. Otros representaban referencia de lugares donde ya han desaparecido y no menos ejemplares eran pruebas científicas y únicas de ciertos daños o relaciones con plantas cultivadas o animales domésticos. Al no existir los ejemplares nunca se podrá corroborar o actualizar su correcta ubicación taxonómica, ni corregir o ampliar información sobre características morfológicas y anatómicas. Algunos ya no podrán ser referencias de futuras investigaciones. ¿Puede esto recuperarse? Indudablemente que no. Mientras tanto el lujoso edificio que se construye para depositar esta y las otras dos colecciones zoológicas del Museo, sigue adelante con innumerables problemas y costos que sólo logran darle la razón a aquellos que pensaron que podía lograrse adecuados espacios con una construcción más modesta y sin necesidad de ser tan ambiciosos. ¿Y que hay de las otras dos colecciones? La colección de invertebrados no insectos se encuentra en el mismo estado de abandono, con un problema más grave porque grupos como moluscos, isópodos, opiliones, escorpiones y otros si tenían ejemplares paratipos de importancia imponderable. También era representativa de crustáceos terrestres y dulceacuícolas, de arañas, onicóforos, moluscos, diplópodos, quilópodos y anélidos únicos en relación a sus áreas de distribución y posibilidades de estudios futuros. ¿Y la de insectos? Es la que menos conozco en su manejo reciente, pero algunos investigadores me han manifestado su preocupación por su descuido general en relación a la poca dedicación a su estudio, pocos o ningún nuevo ingreso y la ausencia de publicaciones, con excepción de unas pocas familias o tribus atendidas. En resumen no podemos hacer nada más que solicitar que cambien esta situación, que entiendan que de nada sirve un costoso edificio para depositar especimenes que se están perdiendo por falta de atención y que alguien pueda tener preocupación para investigar y constatar si lo que aquí se afirma es o no una realidad. Ahora estoy jubilado y excluido de cualquier participación en la Colección a la que dediqué gran parte de mi tiempo en la Universidad e igual están de manos atadas tantos otros que pasaron horas organizando e identificando especímenes creyendo en su valor para el futuro.

jueves, 1 de marzo de 2007

SE PIERDE VALIOSA COLECCIÓN DE VERTEBRADOS EN VENEZUELA


En 1937 al crearse lo que hoy es la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, el zoólogo portorriqueño Ventura Barnés Jr., quien dictaba algunas clases dio inicio a una pequeña colección de aves que al poco tiempo ya era una representación de ejemplares preservados de una gran diversidad de animales como arañas, insectos, ranas, culebras, lagartos, aves y pequeños mamíferos. Al inicio de la década de los años 50 Francisco Fernández Yépez organiza y da un gran impulso a la colección de insectos que al tiempo llegó a ser la más importante del instituto de Zoología Agrícola y del país; mientras su hermano Alberto Fernández Yépez continuó enriqueciendo la colección de vertebrados e invertebrados no insectos. La colección entomológica, bautizada con el nombre de Francisco Fernández Yépez, se incrementó con ejemplares colectados por varios investigadores nacionales y extranjeros, de aquellos provenientes de inventarios, consultas sobre plagas agrícolas, de viajes a diversos rincones del país y pronto llegó a ser una de las colecciones de insectos más importantes de Latinoamérica y con sus altos y bajos ha permanecido así hasta la actualidad. No tuvo igual suerte la colección de otros grupos zoológicos que, a partir de 1970 fue almacenada en un cuarto y se perdieron muchos de sus ejemplares, sin embargo en la década de los años 80 fue recuperada y de nuevo tuvo auge y creció rápidamente llevándose desde entonces un cuidadoso registro del ingreso de ejemplares en catálogos creados para tal fin. Bautizada con el nombre de “Alberto Fernández Yépez” la colección de vertebrados creció particularmente en su representación de la fauna del Parque Nacional Henri Pittier y de muchas regiones al sur del río Orinoco, además de otras localidades visitadas por los investigadores del Instituto. En 1989 todas las colecciones zoológicas del instituto fueron agrupadas dentro de lo que se llamó “Museo del Instituto de Zoología Agrícola” conocida internacionalmente con sus iniciales MIZA y dividida en tres secciones: Vertebrados, Insectos e Invertebrados no insectos. El primer Director del MIZA en 1989 fue Alberto Fernández Badillo, quien a su vez era el Jefe de la Sección de Vertebrados. La colección de vertebrados, ubicada en un antiguo salón de clase, fue reorganizada en armarios y cajas herméticas dentro de un ambiente controlado para evitar daños por ataques de plagas y el efecto de los factores climáticos propios del trópico. Su cantidad de ejemplares siguió creciendo con el aporte de trabajos de grado realizados por estudiantes de pre y postgrado, así como de investigadores, nacionales y extranjeros, que fueron apoyados en sus labores científicas por el Instituto y la seleccionan como depositario de los ejemplares de referencia de sus trabajos. Recibió financiamiento de la Universidad y funcionó con la colaboración no remunerada de estudiantes interesados en aprender el manejo de las colecciones zoológicas. Logró obtener una parte de la colección ictiológica de Agustín Fernández Yépez que se daba por perdida y ser depositaria, por mandato gubernamental, de parte de los ejemplares colectados en expediciones de extranjeros en Venezuela que ejecutaban proyectos con participación de personal del Instituto. Llegó a tener hasta seis curadores encargados de velar por su buen estado e identificación y la colección creció a tal punto que se hizo de obligada revisión para los investigadores que estudiaban la fauna de vertebrados venezolana. Lamentablemente posiciones totalmente alejadas de criterios institucionales y sin conciencia de su importancia, favorecieron la salida de la mayoría de sus curadores y colaboradores y desde 1999 la colección entra en una fase de acelerado deterioro que se sigue agravando día a día. La falta de mantenimiento ha determinado que hoy se haya perdido un 70% de los ejemplares preservados en alcohol y cerca de un 50% de las pieles y otras muestras que con tanto esfuerzo y costo fueron preparadas, organizadas e identificadas para apoyar investigaciones en épocas no muy lejanas. La falta de atención para mantener un ambiente controlado favoreció el ataque de plagas y el deterioro por las altas temperaturas y humedad. Esta situación no debió suceder jamás y con ella sólo le damos la razón a los investigadores extranjeros que con frecuencia insistían en llevarse los ejemplares colectados a sus países argumentando que los latinoamericanos no tenemos constancia ni recursos para mantenerlas. Hoy día esta importante colección se ha perdido sin que ningún miembro o autoridad del Instituto se sienta motivado a evitarlo. Hemos insistido muchas veces en que hubiese sido preferible donarla a otra institución que pudiera valorar lo que sin duda era parte de un patrimonio histórico para la ciencia que nunca podrá ser recuperado. Irónicamente hoy el Museo del Instituto construye, cuestionado por algunos, un costoso edificio para alojar estas colecciones, pero ¿Para qué nos sirve un oneroso edificio para unas valiosas colecciones que se están perdiendo por falta de recursos humanos y económicos, sin apoyar estudios ni producir resultados publicados? ¿Se atreve alguien a ponerle un precio a estas pérdidas? ¿No podrán salvar lo poco que queda donando las muestras a otra institución interesada? Las colecciones zoológicas no pueden manejarse simplemente como almacenes de ejemplares preservados, pues requieren dedicación y sobre todo ser apoyo para investigadores que generen resultados publicados en revistas científicas y divulgativas, útiles para tomar decisiones para la conservación de la diversidad biológica del país.

jueves, 1 de febrero de 2007

SETENTA AÑOS DEL PARQUE NACIONAL HENRI PITTIER

El 13 de febrero se celebran los 70 años de la creación del primer parque nacional de Venezuela, el P.N. Henri Pittier, muy conocido por su estación biológica ubicada en Rancho Grande, en la cima de la carretera que conduce de Maracay a Ocumare de la Costa y otras poblaciones costaneras como La Trilla, Aponte, Cumboto, Turiamo, Cata y Cuyagua. Tanto el parque en 1937, como la estación biológica en 1950, fueron creadas por iniciativa del Dr. Henri Pittier. La Estación ocupaba una parte de un inconcluso edificio donde de 1933 a 1935 se intentó construir un lujoso hotel que fue abandonado al morir el general Juan Vicente Gómez, para ese entonces presidente de la república. En la década de los años 40 algunas de sus habitaciones fueron recuperadas para ser usadas como laboratorios de investigación de la Sociedad Zoológica de Nueva York, generando diversos estudios coordinados por el Dr. William Beebe que generaron diversas publicaciones sobre la fauna del bosque nublado de los alrededores del edificio que, junto a otros realizados antes o después por otros investigadores en varios campos de la ciencia, comenzaron a dar a conocer al mundo la extraordinaria diversidad biológica de todo este parque. Al retirarse la misión del Dr. Beebe se fundó en 1950 la "Estación Biológica Henri Pittier" en parte del edificio que, bajo la administración gubernamental, continuó haciendo labores de investigación por muchos años. El 10 de febrero de 1966 por iniciativa del Dr. Alberto Fernández Yépez de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela fue fundada en parte del último piso del edificio otra estación biológica para brindarle facilidades a los investigadores de la misma Facultad. Con el tiempo la estación biológica gubernamental desapareció de Rancho Grande y quedó sólo la perteneciente a la Facultad cumpliendo una función docente, de investigación científica y extensión conservacionista que la dio a conocer y atrajo a sus instalaciones investigadores de todo el mundo. Desde 1980 la estación tiene cada día mayor actividad y comienza a ser utilizada con frecuencia por estudiantes de pre y postgrado de la Facultad de Agronomía como sede de sus trabajos de grado e igualmente es visitada por botánicos, zoólogos, ecólogos y otros científicos de diversos países interesados en estudiar la riqueza biológica del bosque nublado y otros ambientes. Particularmente es visitada por ornitólogos interesados en conocer y estudiar la abundancia de aves migratorias que vuelan a través del "Paso Portachuelo", una abra entre montañas situado a escasos metros de la Estación. Desde 1986 también es un lugar que comienzan a frecuentar observadores de aves y ecoturistas que son atraídos por uno de los bosques más ricos en diversidad biológica del planeta. Al cumplirse 30 años de vida activa de esta estación universitaria es bautizada como "Estación Biológica Dr. Alberto Fernández Yépez" en homenaje a su fundador, quien había ya fallecido en 1970. Lamentablemente a partir del año 2000 el interés por la estación declina notablemente y ya no vienen tantos investigadores a realizar sus estudios, desaparecen los estudiantes que hacían sus trabajos científicos, no se ven grupos de estudiantes acompañados de sus profesores y tampoco vienen ecoturistas organizados que ayudaban a mantener sus instalaciones. Se cambian, una y otra vez sus directores sin ninguna mejora notable y poco a poco su infraestructura se deteriora nuevamente. Es necesario entender que la existencia de esta Estación Biológica ha sido responsable de la fama internacional del Parque Nacional Henri Pittier y su recuperación debe ser considerada una prioridad para la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela. A los 70 años de su creación se debe promover de nuevo su uso docente, de investigación científica, de extensión conservacionista y de un turismo naturalista controlado para que Rancho Grande y su Estación Biológica puedan cumplir la importancia que durante años tuvo en el mundo de la ciencia.